martes, 31 de marzo de 2026

Una tarde con Miguel Marías

Miguel Marías y Manuel Arias Maldonado

Más que un acto cultural, fue una experiencia íntima compartida.

El pasado miércoles 25 de marzo, a las siete de la tarde, el Centro Andaluz de las Letras (CAL) acogió en Málaga una conversación entre el crítico de cine Miguel Marías y Manuel Arias Maldonado (notorio cinéfilo, catedrático de Ciencia Política y prologuista de uno de los libros), con motivo de la presentación de dos volúmenes recientes que reúnen las críticas de Marías sobre Alfred Hitchcock y sobre Jean-Luc Godard. El encuentro congregó a un público sorprendentemente numeroso, en un ambiente que combinaba la admiración cinéfila con la curiosidad de ver a Marías en persona.

La charla empezó con un delicioso equívoco digno de Hitchcock. Un representante del CAL presentó a Miguel Marías y a Manuel “Marías” Maldonado. Mientras Arias intentaba aclarar el lapsus con diplomacia, Marías lo celebró con humor y señaló que aquella confusión le recordaba la del arranque de Con la muerte en los talones.

Durante más de dos horas, Marías repasó el lugar central que Hitchcock y Godard ocupan en su trayectoria crítica y en la historia del cine moderno. De Hitchcock destacó su capacidad de utilizar el suspense no sólo como técnica, sino como estilo, pero subrayó que lo esencial en su cine eran sus historias de amor. Evocó el origen de su cinefilia, la tarde en que vio seguidas Vértigo, Con la muerte en los talones y de nuevo Vértigo. Confesó que su primera reseña, sobre Marnie, la escribió para aclararse a sí mismo qué pensaba de la película. Escribía, dijo, para entender lo que veía. A veces, sin embargo, prefería callar. De algunos directores, como Jean Renoir, apenas había escrito, pese a ser uno de sus favoritos, porque sentía que aún no los había comprendido del todo. Una lección de ética intelectual.

Sobre Godard, lo describió como un creador más reflexivo y técnico de lo que suele creerse, alguien que a partir de un punto se volcó en el ensayo fílmico y en la reflexión sobre las propias imágenes. Lo llamó “el último grande”. Cuando falleció en 2022, Marías confesó haber sentido que con él desaparecía el último de los cineastas verdaderamente grandes para él.

Aunque el acto se presentaba como una conversación, Marías avanzaba solo, enlazando anécdotas, recuerdos y reflexiones que iban desde Griffith y 1908 hasta el cine contemporáneo. No fue una lección magistral al uso. El tono bienhumorado y humilde de las digresiones de Marías la volvía más cercana a una reunión entre viejos amigos. Se mostró fiel a su estilo, riguroso, irónico y apasionado. Más allá de las referencias cinéfilas, quedó la sensación de asistir al testimonio vivo de una forma de pensar y mirar el cine que resiste entre el ruido y la fugacidad del presente.

Cada asistente vivió el acto a su manera. En mi caso, alguna risa contenida, un asentimiento silencioso y el recuerdo de películas queridas. Dudaba si las preguntas debían ceñirse a Hitchcock y Godard, los protagonistas de los libros presentados, o si cabía todo. La duda se despejó cuando el primero del público preguntó por François Truffaut. En mi mente, una vocecita gritó: ¡barra libre!

En el turno de preguntas, alguien quiso saber cómo eran las conversaciones con su hermano, Javier Marías. Respondió que eran las normales de dos hermanos. Pero enseguida añadió que las conversaciones que ahora le gustaría haber grabado eran las que mantenía con Víctor Erice, a la salida de la Filmoteca, durante ciclos dedicados a Mizoguchi y a Ozu. Lo dijo como quien aún escucha, con admiración intacta, las observaciones de Erice.

Al final, me acerqué con mis ejemplares. Mientras los firmaba, le agradecí su presencia y le confesé que había aprendido mucho escuchándolo en “¡Qué grande es el cine!” y leyéndolo siempre que podía. Me respondió que lo importante no era aprender, sino hablar de las películas.

Cuando salíamos, ya de noche, sentía que habíamos asistido a algo tan antiguo y necesario como el propio cine: la pasión de contarlo.